Gracias a mis emociones obtengo información acerca de mi vida. Gracias a ellas soy informado sobre lo que está ocurriendo en realidad para que me ocupe de ello conscientemente. Y gracias a ello puedo orientarme en nuevas y más productivas direcciones vitales. Gracias a mis emociones, esas descargas de química y energía que recorren mi organismo, soy consciente de la realidad que estoy creando en mi interior a través de mis pensamientos y creencias para que pueda gestionarlo a voluntad como el ser inteligente emocionalmente hablando que tengo la capacidad de ser.

Gracias a mis emociones percibo si algo de lo que estoy haciendo – sea consciente o no – está a favor de la corriente de mi proceso evolutivo o si lo está deteniendo. Según cómo me sienta voy a percibir si estoy yendo a favor o en contra del fluir de la vida, de sus acontecimientos y de mi presencia en ella. Las emociones están continuamente informándome acerca de mi realidad y de la posibilidad de relacionarme con ella desde un lugar más consciente y, por lo tanto, más libre, soberano y creador.

Hay mucha gente que habla de emociones buenas y malas, positivas y negativas… Quien así las categoriza, seguramente, se encuentra en un sistema de pensamiento polarizado y, sobre todo, al quedarse en esa segmentación, se está perdiendo lo mejor que sus emociones le puedan estar proporcionando a su experiencia vital, perdiéndose la información que le están tratando de comunicar acerca de la misma.

Si fuese verdad que existen emociones buenas y malas, ¿existen las emociones regulares? ¿O tan sólo es como las interpreta y etiqueta nuestra mente perdiéndonos, una vez más, todo lo que la emoción nos está contando acerca de nosotros mismos y de nuestra experiencia de vida?

Es un clásico, hay una creencia muy extendida, en muchas personas, de que hay emociones negativas y malas. ¿Según quién? ¿Quién lo ha dicho? ¿Según qué baremo? ¿En función de qué y para qué? ¿Quién les ha enseñado eso o cómo es que aprendieron a considerar e interpretar esto de esta manera? Quizás sea saludable el poder reflexionar si esto es realmente así o no. Sobre todo ante una cuestión básica: el creer que hay emociones negativas o malas, ¿me ayuda en algo?

Seguramente no haya emociones negativas ni malas ni buenas ni regulares. Tan sólo son emociones. Esa parte de nuestra realidad con la que el ser humano viene por diseño y que, por lo tanto, seguramente para algo más las tendremos más allá de para catalogarlas de buenas o malas quedándonos ahí sin sacarles todo el partido que nos proporcionan si decidimos ser seres conscientes, autónomos y responsables de nuestro crecimiento interior. Igual están cumpliendo una función. Como veníamos diciendo, toda emoción lleva implícita una información muy concreta, nos está hablando de algo muy concreto en el momento presente de una aspecto de nuestra vida.

Quizás las emociones tan sólo sean agradables o desagradables de vivir, mas esto no las convierte ni en buenas ni en malas. Si las estoy enjuiciando y catalogando como buenas, malas, regulares y, sobre todo, si las estoy condenando como que son malas y negativas, seguramente me estoy perdiendo un aspecto de mi vida que he de atender con urgencia, con la urgencia que me demanda el momento presente en el que estoy experimentando determinada emoción. Con lo cual, al ya poner ese juicio, y al querer evitar ese mundo de mi emoción “negativa y mala”, ya me estoy perdiendo la experiencia que necesito transitar, con lo cual, ¿estoy evolucionando, estoy creciendo? Seguramente no. Claro que también habrá gente que se diga: “Y yo, ¿para qué quiero crecer, evolucionar?”. Bueno, para gustos, los colores…

Siempre es conveniente una invitación a comprender con mayor profundidad tu mundo emocional. Si estoy sintiendo celos, quizás de lo que me esté hablando es de que quizás sería conveniente revisar mi auto estima para poderlo trabajar en lugar de decir “soy celoso” y quedarme ahí sin más. Si siento tristeza quizás estoy integrando una pérdida – sea al nivel que sea – que he tenido en mi vida. Si siento enfado, enojo, quizás alguien me está haciendo un espejo de eso que no veo en mí y que no estoy actuando de la manera más acorde al Ser. Si siento rabia quizás no esté al día con mi capacidad de poner límites a conductas de abuso o invasivas. Y así un largo etcétera.

Toda emoción es útil y toda emoción necesita ser reconocida, expresada y vivida para ver qué información nos trae. Toda información necesita florecer para llevar a cabo su plena expresión… ¿Qué estamos haciendo con nuestras emociones, expresión o represión?, y, por lo tanto, ¿qué estamos haciendo con nuestra vida?. Recurrente es el ejemplo de los seres humanos cuando somos pequeñitos, según sentimos así lo expresamos en el momento, llanto o risa, con lo cual enseguida podemos pasar al siguiente instante del presente continuo. Toda una lección de fluir a través de mis experiencias, sean estas las que sean. Cuando éramos niños/as lo hacíamos. ¿Has visto algún niño pequeño que se plantee motu propio si es apropiado o no sentir esto o lo otro y, en función de eso, manipularlo, tergiversarlo, ocultarlo o reprimirlo? Seguramente no lo veamos a no ser que alguna persona adulta esté interfiriendo en la realidad del niño desde sus propios condicionamientos no resueltos o iluminados.

Las emociones no están hablando de la verdad que estamos transitando en el momento presente y nos están indicando el camino a recorrer, ya sea un giro de rumbo vital o una emoción del momento que necesita ser expresada sin más. Si la emoción es desagradable, nos está indicando: “Por favor, revisa de qué aspecto de tu vida no te estás ocupando de la manera más apropiada”, porque seguro que tienes la capacidad. Si la emoción es agradable quizás te esté diciendo: “Vas bien, vas bien…”. Emociones conectadas a un buen y depurado sistema emocional en el cual no estamos condicionando desde la mente. Para ello, nada como hacerse un experto en uno mismo, en una misma, a través de una sólida formación como Ser Inteligente en Inteligencia Emocional, de las más valiosas de las inteligencias según está el mundo y, sobre todo, según queramos que esté de “bien o de mal” a través de nuestros actos conscientes y de nuestras emociones más elevadas.

Si llegamos a saber todo esto acerca de las emociones, ¿para qué seguiríamos calificando a algunas de ellas como negativas, malas? ¿Para que las seguiríamos tergiversando, obviando, reprimiéndolas? ¿Para qué no estaríamos escuchando realmente la información y los mensajes que nos están trayendo nuestras emociones?

Es a través de ellas, de nuestras maravillosas emociones, agradables o desagradables, que nuestra parte más profunda, nuestro Ser, se comunica con nuestra parte más consciente para que podamos gestionar nuestra vida y el rumbo de la misma dentro de esta experiencia en tercera dimensión como seres humanos. Y ya sabemos que cuanto más cerca, en contacto, estemos con nuestra parte más esencial, con nuestro Ser, más plenamente felices seremos y con mayor efectividad y plenitud podremos llevar a cabo eso que tenemos en lo más profundo de nuestro interior para iluminar y mejorar el mundo. Y esto sólo es posible tras una consciente depuración emocional y un verdadero contacto con lo esencial de la Vida.

Quizás las emociones, las nuestras y las de los demás, sean mucho más importantes, útiles y decisivas de lo que hayamos podido considerar. Siempre estamos a tiempo de ampliar nuestra comprensión acerca de esto, y de todo lo maravilloso que podamos llegar a imaginar, de todo lo maravilloso que podamos sentir, a voluntad.

Por Francisko Javier de Pablo