Si aplicásemos el mismo rasero que quisiésemos que se aplicase con nosotros, quizás todo fuera más fácil entre las personas.

Si antes de enjuiciar pudiésemos parar un momento y considerar cómo se siente nuestro corazón cuando somos juzgados, quizás pudiese circular más amabilidad entre las personas.

Si antes de arremeter con toda nuestra artillería contra alguien pudiésemos darnos cuenta de que en su interior anida un niño o una niña que no supo aprender a gestionar lo que más le duele, igual que tú, quizás habría más compasión en las relaciones.

Si cada vez que criticamos los actos de las personas pudiésemos comprender el momento de aprendizaje vital en el que se encuentran, quizás aprenderíamos algo acerca de nosotros mismos.

Si en lugar de imaginar a los otros pudiésemos realmente contactar con su verdad, quizás estaríamos avanzando hacia nuestra esencia más allá de nuestra propia máscara.

Si a lo largo del tiempo decidiésemos cada mañana al despertar que hoy va a ser un día dedicado a cultivar la grandeza de mi corazón, quizás estaríamos abriendo el camino a que quienes entran en contacto con nosotros se planteasen hacer lo mismo.

Si quisiéramos tanto lo que más necesitamos a nivel interno como lo que creemos querer desde nuestra parte más superficial, quizás estaríamos contribuyendo a una verdad más profunda entre los seres humanos.

Si escucháramos a nuestras emociones con reverencia y respeto sabiendo que nos hablan de nuestra verdad y dirección en el momento presente, quizás no viviríamos tan apretados por dentro.

Si fuésemos el sol de nuestro universo quizás nuestros agujeros negros no se tragarían nuestras esperanzas y anhelos del alma, ni ensombrecerían partes de las vidas de los demás.

Si nuestra apuesta fuera por el amor incondicional, quizás lograríamos lograrlo.

Si mi humanidad estuviese al servicio de la Humanidad quizás, algún día, algún ser humano, en algún lugar o en todos, llegase a contemplar este planeta como el Paraíso del que tanto hemos escuchado hablar.

Si perdonar fuese liberar a un prisionero, quizás descubriría que el prisionero… era yo.

Por Francisko Javier de Pablo