Como en un cuento de Navidad, cuando yo iba a nacer, mi hermano mayor – que en aquella época tenía cinco años y medio – se había pedido un hermanito a los Reyes Magos. Resultó que mi madre me dio a luz un 3 de enero, manteniéndola ingresada en el hospital un par de días, con lo que llegó a casa el 6 de enero con un bebé en brazos y, de esa manera, yo me había convertido en un regalo nada más nacer. Efectivamente, los Reyes Magos habían traído el hermanito deseado a aquel niño que se lo había pedido con toda su inocencia e ilusión. Mi hermano alucinó. Siempre me ha parecido que esta historia tiene un tinte mágico.

Los hermanos crecieron, sus diferencias también y, aún con ellas, durante un tiempo pudieron relacionarse desde la amistad que se da entre hermanos. Mas llegó un momento en el que ya las diferencias fueron tantas y la comunicación entre ellos tan complicada, tan llena de ataques, defensas, incomprensión… que la relación cada vez fue más lejana hasta terminar siendo algo parecido a cordial sin más.

¿Dónde quedó el regalo…? ¿Y la magia, dónde quedó…? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de cada quien como para crear y mantener la magia en las relaciones? La reflexión silenciosa y en calma me lleva a considerar que quizás esté en mi mano mirar a mi hermano desde una mirada limpia de todo juicio y prejuicio y vea al ser humano real que es que quizás no coincida con quien yo quiera que sea. Que quizás esté en mi mano el conocer y escuchar sus razones profundas para que se comporte como lo hace. Que quizás pueda abrir mi comprensión, mi corazón y mi compasión a ese otro ser humano que está como yo en esto tan difícil de vivir. Quizás pueda ver a mi hermano como un símbolo de todos los hermanos y hermanas que tengo en este planeta y que necesitan ser amados tanto como yo.

Quizás, verdaderamente, esté en mi mano el lograr ser un verdadero Regalo para la vida de otros seres humanos. Quizás esté en mi mano crear Magia a mi alrededor que toque la existencia de mis hermanos y hermanas. Quizás éste sea mi propio Regalo hacia mí mismo… la capacidad de expresar y Ser el Amor.

Por Francisko Javier de Pablo