Seguro que el mundo está lleno de seres humanos que comprenden y están en contacto con su capacidad de amar, incluso y antes que nada, a sí mismos.

También, aún con eso, es un clásico que prácticamente toda persona busca fuera aquello que no ha buscado en su interior, que no ha reparado que eso que anhela en el exterior ya está en su interior expectante por ser encontrado, rescatado, valorado y amado. Tantos seres humanos a lo ancho y largo de este planeta que creen que lo primero es ser amados por los corazones de otras personas que creemos que pueden salvarnos de abismos tan profundos y oscuros como la soledad, la incomprensión, la desidia, la frustración o la desdicha, tomando ésta la forma que tome.

Son muchos los casos en los que las personas se quedaron en ese estado como hipnótico de quedarse mirando hacia el exterior como si estuvieran encerradas en una habitación en penumbra, en la que pareciese que no hay puerta aparente. Una mirada cargada de desaliento, desasosiego, nublada, que a través de los cristales contempla con anhelo un paisaje de ensueño con el sol tiñéndolo todo de un refulgir dorado dotando a la atmósfera de una magia incomparable, sobre todo incomparable con esa penumbra gris cuya atmósfera puede llegar a ser tan densa que pareciese polvorienta. Quizás este mirar hacia fuera anhelando el amor creyendo que sólo de ahí puede provenir sea el mayor abismo ante el que se encuentran un buen número de seres humanos.

Llegado es el momento de que hablemos sin parar de que ese abismo es uno de las mayores ilusiones a las que hemos estado sometidos. De que con sonrisas en nuestros rostros nos comuniquemos unos a otros la buena nueva de que somos seres libres, creativos y por lo tanto capaces de amar y de amarnos a nosotros mismos, a nosotras mismas. Que compartamos como una música enaltecedora que nuestro corazón es poderoso porque es el centro del universo, la factoría desde la que mana el elixir del amor. Que propugnemos que aunque prácticamente nadie nos ha enseñado a amarnos, cuidarnos y respetarnos, no necesariamente hemos de morir en ese estado, sino que tenemos toda la libertad y capacidad para enfocar hacia dentro e iluminar nuestra existencia desde el amor propio, el primero a desarrollar, el amor propio como el exquisito trato que una persona se dispensa a sí misma más allá de esas creencias de desvalorización, desmerecimiento, de falta de auto estima, creencias que como tales, están ahí para ser modificadas a voluntad.

Amarse es un acto de voluntad. Es un acto de voluntad dejar de anhelar personas con las que querríamos estar creyendo que nos van a proporcionar aquello de lo que creemos carecer. Es un acto de voluntad ser yo mismo, yo misma, la clase de persona con la que querría estar. Tenemos la opción de, mediante un acto de voluntad, bendecir a quienes contribuyeron a nuestra falta de amor propio porque quizás nos mostraron el camino interior del amor que podemos, y debemos, recorrer y alcanzar. Tenemos la opción de, mediante un acto de voluntad, dejar de cargar a los demás con nuestras demandas de amor, que en el fondo es posible que ni siquiera de amor se trate. De dejar de contemplar a los demás como el surtidor de un afecto que quizás no me esté dando a mí mismo, a mí misma. Tenemos la opción, mediante un acto de voluntad, de amarnos a nosotros mismos y sólo entonces podernos acercar a los demás sin interés de ningún tipo, tan sólo con la pureza de entregarles nuestro amor, tan limpio y humilde como poderoso.

En nuestros corazones se alberga la amorosa y poderosa llama que podemos avivar de tal modo y hasta tal punto que creemos todo un paisaje con sol refulgente incluso dentro de una habitación que tenía apariencia de espacio gris, polvoriento y cerrado, sin puerta, para que con la luz de la llama de nuestro amor descubramos una puerta que siempre estuvo ahí a la espera de ser descubierta y abierta. Y que salgamos al exterior no ya para admirar un amoroso paisaje desde lejos, sino para ser parte de ese paisaje, un paisaje luminoso que emana ese amor desde el mismo centro del universo: el corazón de cada ser humano que ha logrado amarse a sí mismo y que, por lo tanto, ha comenzado el camino hermoso de amar al mundo tal y como es para así, iluminarlo con la única luz posible, la del AMOR. ¿Cómo? Es un acto de voluntad el camino a ello. Ni por un momento dudes de que ese camino existe en ti. Tan sólo necesita de tu voluntad para encontrarlo y recorrerlo.

Por Francisko Javier de Pablo